martes, 19 de mayo de 2009

El tiempo detenido


Por Clave de sol


En la seguridad de mi habitación, revisando viejas fotos y ordenando viejos recuerdos, encontré una carta. La caligrafía era tosca, casi llegaba a lastimar el papel, la tinta azul y roja con la que se escribió me hizo volver a la época en la que hacía tareas para el colegio: Títulos en negro, contenido en azul y subrayados en rojo.
Era mi letra, sin duda, pero no me recordaba nada… el papel era viejo, sin bordes y sin renglones; estaba muy ajado y casi roto. Me animé a leerla ya que no me evocaba nada. La carta estaba dirigida a mi abuela, en ese entonces, recientemente fallecida. En ella le pedía que se mantenga cerca de nosotros y que no deje de brillar, entre otras cosas le decía que si encontraba a Casiopea le pidiera que venga a visitarme, porque quería conocer al Maestro Hora.

Entonces me llegó un intenso olor a humo de puro, no cigarro, puro, tabaco amargo, tabaco enojado, sin sonrisas, sin amor.

Suelo tener momentos en los que sin pensar en nada determinado me llega un olor o una sensación, lo molesto es que me lleva a tiempos perdidos en mi memoria pero no sé identificar a qué tiempo se remite; ni la edad, ni la situación, es el sentir que ese “recuerdo” en forma de sensación me tiene que recordar algo, que casi nunca llego a recordar, me aferro entonces a ese sensación con la esperanza de rastrear el recuerdo, pensando que si lo mantengo un minuto más, llegaré a recordar. Pero siempre se va, desaparece como vino y me deja con miedo porque talvez ese recuerdo pertenecía a una parte importante de mi vida y ni siquiera sé cuál.

El olor a tabaco seguía en el cuarto, terminé de organizar las cosas y me fui a dormir con la carta aún en la mano.
Sabiendo que era imposible seguir el rastro del humo, lo dejé “olvidado”. Al día siguiente me dí cuenta que el humo seguía en mi habitación, sólo en la habitación.
Más tarde al mediodía, fui a comer a mi restaurante favorito, uno de comida rápida muy conocido en la ciudad, de esos que saben a cartón, que llenan pero no alimentan. Las mesas altas y la gente que iba y venía con la comida en bolsas de papel, los encargados trabajando mecánicamente, rutinariamente y sin errores, parecía que estaba en una fábrica y no en un restaurante. Recordé entonces a Momo, la niña de los ojos grandes, que con solo escuchar podía cambiar al mundo. Sin quererlo y sin planearlo recordé porqué le había pedido a mi abuela que me mandara a Casiopea, me dio pavor entenderlo y vi a mi alrededor buscando, el olor a humo llegó al restaurante y comprendí que me habían encontrado.
Salí corriendo dejando todo, regresé a casa me encerré en la habitación donde el olor a Humo se había vuelto más intenso, miré mi reloj y eran las 12 del mediodía, miré el reloj de mi cuarto y eran las 12 del mediodía, “¿hace cuánto son las 12 del mediodía?”

Me dejé caer al lado de la cama, esperando lo peor, esperando que nunca más se mueva el tiempo, y temiendo que Casiopea nunca me encuentre.

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